Templos de Angkor – Gran Circuito.

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Difícil reto me encuentro al tener que escribir sobre Angkor, en general, y sobre este segundo día en sus templos, de manera particular. Hablar de la Historia de Angkor es harto difícil si no se es docto en la materia y para mí supone una gran osadía hacerlo con la total corrección que el lugar requiere. Lo mismo ocurre al hablar del Arte de sus templos. Así que sólo me queda una opción y es hablar de sensaciones, sentimientos y percepciones.

Ya hemos hablado de los templos que pueden verse en cada una de las rutas turísticas ofertadas en Siem Reap. En concreto, en el Gran Circuito -18$ tuk tuk, 30$ en coche y 35$ en van-, se realiza un tour que incluye Preah Khan, Neak Pean, Ta Som, Mebon Oriental, Pre Rup y Banteay Samre (26 kilómetros).

Imágenes de Preah Khan

Pero aquel día, comenzamos de diferente manera: en la puerta sur de Angkor Thom hay una “parada” de elefantes que realiza paseos diarios desde las 8:00 de la mañana hasta las 15:00 horas. La ruta, te conduce hasta el Templo de Bayon y dura aproximadamente unos 20 minutos. Pero admiten como mínimo a dos ocupantes y de nosotros, sólo iba a subir Macarena. Así que, por el mismo precio -20$- te dan un paseo de igual duración, sin tener que atravesar la puerta del recinto de Angkor Thom – ya que la vuelta desde el Bayon la hacen sólo el elefante y su mahout– . Reconozco que no se trata de una gran idea para los amantes de los animales y que sería muy posible convencer a Macarena, que es una niña muy despierta, de la innecesariedad de utilizar animales para trabajar; pero quizás en estas cuestiones, preferimos que ella vaya forjando su propio juicio y concluya con sus propios razonamientos. No dudo que es realmente capaz.

 

El día estaba más nublado que en jornadas anteriores y el calor era más pegajoso que el primer día. De nuevo, comenzábamos nuestra visita ahogándonos en litros y litros de agua fría que generaba tal cantidad de sudor que pareciera que nos hubiéramos duchado hasta con la ropa puesta.

De nuevo, subimos al tuk tuk con Peng Se y nos dejamos llevar.

 
Imágenes de Preah Khan

Este segundo día en Angkor era menos espectacular que el día anterior, ya que los principales templos o, al menos los más conocidos – Angkor Wat, Bayon, Ta Prohm– se visitan a lo largo de la primera jornada. Pero quizá la visita fue más agradable. Primero porque los templos se encuentran más libres de turistas, por lo que existe la posibilidad de disfrutar más de las visitas en un espíritu más íntimo, más en soledad. Y en segundo lugar, porque descubrimos un Angkor arquitectónicamente diferente al del primer día.

Pasarela de acceso a Neak Pean

Una de las sorpresas de este día fue encontrarnos, tras atravesar una larguísima pasarela sobre un humedal absolutamente cuarteado por la escasez de lluvia, un templo budista sobre una isla artificial de forma circular rodeado de un foso seco que, en realidad, debería haber contenido millones de litros cúbicos de agua. Era Neak Pean. Dicen que este lugar fue diseñado originariamente con fines médicos y que era algo así como una especie de hospital en el que, al sumergirse los bañistas, se equilibraban sus elementos y se curaba la enfermedad. Se trata de la ancestral creencia hindú del equilibrio. Por ello, se interconectaron cuatro piscinas que representaban el agua, la tierra, el fuego y el viento; y se construyeron cuatro esculturas de pie en el suelo del lago, aunque en la actualidad sólo se conserva la del caballo.

Neak Pean

Ta Som es otro de los bellos lugares del Gran Circuito. Su estructura más fotografiada es la de una higuera sagrada (Ficus religiosa) que estrangula una de las gopuras (vías de acceso). De aquí, mi gran recuerdo es el de las niñas vendiendo postales (10 a un dólar, “only one dolar”) y que recitaban como una letanía en todos los idiomas conocidos una descripción de los lugares contenidos en cada una de las postales.

Niña camboyana vendiendo souvenirs en el Templo de Ta Som
Templo de Ta Som

Mebon Oriental, ya desierto por un diluvio que había espantando hasta los animales del Arca de Noé, nos maravilló por sus esculturas, diferentes a las de todas las construcciones anteriores, como los elefantes -magníficamente conservados- ubicados en cada una de las esquinas del segundo y tercer nivel. Además, este templo recoge toda la gama de materiales con la que los jemeres realizaban sus construcciones: arenisca, ladrillo, laterita y estuco. Pero quizá, lo más llamativo para nosotros de Mebon Oriental fue observar, desde las partes altas, lo que debió ser la ahora gran llanura rodeada de agua e imaginarnos que hasta aquel lugar, en la época de su apogeo, sólo podía accederse en barco.

 

Quizá lo más llamativo de Pre Rup, a nuestro juicio, fuera el diferente color del templo aportado por su ladrillo. Su nombre dicen que significa “girar el cuerpo” y hace referencia al método tradicional khmer de cremación, en el que se esboza el contorno del cuerpo en las cenizas antes de girarlo en diferentes direcciones. Por ello, se piensa que este lugar fue en origen una especie de crematorio real.

Nunca, nunca voy a olvidar la lluvia en Angkor, el sudor en mi piel, los pies manchados de barrro, el olor a tierra mojada, los colores del ladrillo y la majestuosidad de las construcciones, el ruido del motor del tuk tuk de Peng Se, las poses de los turistas y la cara de Macarena maravillada escuchando mis historias y sin saber muy bien qué estaba presenciando.

Pero lo que jamás, por mucho tiempo que pase, olvidaré será la cara de un anciano, tan viejo que ya había perdido la cuenta de los años que tenía. Sin dientes. Y con los ojos de un azul brillante provocado por la inmensidad de las cataratas que llenaban su mirada. Pequeño, pequeño de la merma que la edad había producido en sus huesos y con tantas arrugas que probablemente harían que ni se reconociera de poder mirarse a un espejo. Ese anciano, al que no llegué a fotografiar por pudor y que luego he visto en algún otro lugar, anudó, con una hermosa sonrisa desdentada, a la muñeca de Macarena unos cuantos hilos de lana de colores como símbolo de bendición y buena suerte a cambio de una propina que jamás llegó a pedir. Y aquel anciano trajo a mi mente el recuerdo de una señora muy mayor en Hungría que, muchos años atrás, encontré en la puerta de un mercado vendiendo cuatro limones que nunca llegué a comprar y por la que me sigue pesando recurrentemente la conciencia cada vez que viene a la mente aquel recuerdo.

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