Sigiriya – Aluvihara – Matale – Kandy

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Dejando atrás las Ciudades Antiguas y llegando a Kandy, en el Hill Country Cingalés, daba comienzo la segunda de las etapas de nuestro viaje.

A pesar de que esperábamos con gran entusiasmo la visita a Kandy y las celebraciones del Esala Perahera Festival, el camino desde Sigiriya aún nos depararía muchas sorpresas, entre las que encontraríamos la recreación del Reino de los Narakas -el infierno budista- en el Templo de Aluvihara y la espectacular fachada del Templo hinduísta de Matale.

Los verdes paisajes del corazón de Sri Lanka

Dejamos de lado la visita a Trincomali, algo que nos hubiera gustado bastante, sobre todo porque en agosto es la temporada de playas en el Este de la Isla, pero habíamos planificado nuestro viaje a Sri Lanka pivotando sobre la asistencia al Esala Perahera Festival de Kandy, y teníamos habitación reservada en la ciudad ¡Nada más y nada menos, que desde el mes de marzo! para los días 7 y 8 de agosto.

Antes de llegar a Kandy quería visitar los templos de Aluvihara y de Matale, ya que nos pillaban de camino desde Sigiriya a Kandy. El templo de Aluvihara llamaba mi atención por el hecho de estar dedicado a los horrores del infierno que esperan a los pecadores.

Templo de Aluvihara

Se trata de una serie de cuevas excavadas en la roca, como las de Dambulla, habitadas por monjes desde el siglo I, y que albergan textos budistas, llegados en tradición oral desde la India, plasmados en hojas de palmera que conservan cuidadosamente tras un cristal, custodiados por un monje.

Recreación de la escritura antigua sobre hojas de palmeras

Como profana en materia budista, me producía muchísima curiosidad conocer cómo es el infierno budista, el Reino de los Narakas, pues siempre había pensado en que, con los sucesivos renaceres del hombre, el alma se iba perfeccionando hasta alcanzar el Nirvana. En definitiva, al final, al final, nos salvábamos todos. Pero, al parecer, el budismo también tiene infierno.

Horrores del Infierno (Aluvihara)

Naraka es el nombre dado a uno de los Seis Reinos de Existencia de mayor sufrimiento en toda la cosmología budista. Se traduce como “infierno o purgatorio”, y es el inframundo o lugar de tormento. Un Naraka difiere de los infiernos de tradición occidental en que los seres no son enviados como resultado de un juicio divino con su correspondiente castigo; y por otro lado, porque la estancia en el Naraka no es eterna, aunque suela ser muy larga. (Así que no andaba tan desencaminada).

Según el budismo, un ser nace en un Naraka como consecuencia de sus pensamientos, sus palabras y sus acciones, y vive allí hasta que su karma negativo termine y se agote, y así podrá renacer en alguno de los mundos superiores.

El Reino de los Narakas se encuentra en el interior de la Tierra y hay diferentes maneras de enumerar los distintos Narakas y describir sus tormentos. Una de las más comunes es la de los Ocho Narakas Helados y los Ocho Narakas Ardientes, con sus correspondientes terrores, horrores y tormentos.

Pues así las cosas, subimos los escalones que nos separaban del infierno, y previa donación al templo, visitamos las diferentes estancias que contenían las pinturas gore que ilustraban las distintas barbaridades que nos esperan si somos lo suficientemente malos para morar en los Narakas.

Realmente las pinturas eran grotescas y estaban en muy mal estado de conservación, dejando las sucesivas restauraciones una pátina de irrealidad casi cómica de los horrores que querían representar. Sin embargo, y pese a la decepción personal que me produjo la visión, creo que agradecí bastante la cuasicomicidad de las representaciones, pues llegamos bastante alerta por si teníamos que salir con Macarena para que no contemplase nada inconveniente.

¡Ojito con ser malo!

También había un pequeño habitáculo, con donación aparte, que contenía representaciones contemporáneas de figuras sufriendo diferentes tipos de torturas. Pero es que eran tan cutres y estaban tan mal hechas y tan mal pintadas que, es que, es indescriptible. Las esculturas desconchadas se mezclaban con las representaciones de cartón piedra, la pintura acrílica era de un brillo deslumbrante, las rejas que separan las esculturas del visitante, estaban oxidadas, había goteras… Es que, es que… no tengo palabras.

Conjunto escultórico indescriptible en Aluvihara

Lo único que mereció la pena de Aluvihara fue la contemplación de los huecos excavados en la roca que, con forma de triángulo, sirven para que los fieles depositen las velas. Precioso.

Crematorio para velas excavado en la roca (Templo de Aluvihara)

 

Escalera que desciende del infierno (Aluvihara)

Bajábamos las escaleras con las primeras gotas de lluvia del día y me di cuenta de que necesitaba tomarme un tiempo. Así que salí del recinto del templo para echar un cigarro.

Evidentemente, las pinturas cumplieron una finalidad didáctica en la época en la que fueron realizadas, destinadas a un público posiblemente analfabeto, para mostrar al peregrino los horrores que les depararía el inframundo. Pero si una mentalidad de aquella época, sin apenas conocimientos, y con la inocencia que probablemente posee Macarena, se enfrentó a aquellas representaciones de la misma manera que lo hizo una niña de 8 años siglos atrás, dudo mucho que ni en su época, cumplieran con la funcionalidad disuasoria para la que se idearon.

A tan sólo 3 km. Se encuentra la ciudad de Matale. Matale es un lugar curioso que aglutina ciudadanos de todas las religiones: musulmanes, cristianos, budistas, e hinduistas y donde con un simple paseo por su principal calle, básicamente la carretera que la atraviesa, se puede observar el sincretismo cultural que se respira en la ciudad en las gentes ataviadas con sus trajes tradicionales de origen: saris, chilabas, turbantes, pañuelos, etc.

Detalles de la fachada en el templo hinduísta de Matale
Fachada principal del Templo de Matale

El templo hinduista de Matale, Muthumariamman Thevastana, es una preciosidad, y hay que realizar una donación tanto para entrar como para hacer fotos en su fachada. Lo más impresionante del mismo es su cúpula escalonada adornada por completo con deidades hindúes y donde no queda ni un solo centímetro por cubrir. Cualquier día de la semana, su puerta es un continuo ir y venir de fieles, y su interior, una pequeña India en miniatura donde el olor a incienso te llega a trasladar al otro lado del océano.

El camino hasta Kandy se me hizo eterno con tanto coche, tuk-tuk, perros, camiones, autobuses, curvas, niña moviéndose, peatones y…curvas. Y es que el oído me dolía muchísimo. Por fin, llegamos a la hora prevista (a las 13.00) tras atravesar una marea humana en el centro de la ciudad. Teníamos habitación reservada en el hotel Nathashiya Holiday Inn desde el mes de marzo, por la nada desdeñable cantidad de 50€ la noche -teniendo en cuenta que el resto de alojamientos no superaba los 25 €- y, aunque la habitación era pequeña para añadir la cama supletoria de Macarena, no estaba nada mal y era bastante céntrico, aunque también tuvimos que hacer uso de los tuk-tuks para evitar subir las abominables cuestas en las horas de más calor o de mayor oscuridad. La curiosidad del hotel es que, al estar ubicado en una cuesta, se halla construido de arriba –donde se encuentra la recepción- hacia abajo –donde se hallan las habitaciones- y tiene maravillosas vistas al lago.

Lago de Kandy

Fuimos a comer al Pizza Hut sorteando la gente de las aceras que, desde muy temprano, extiende un plástico en algún rincón y aguarda más de 10 ó 12 horas hasta el inicio del Perahera. La ciudad, además de estar atestada de gente, turistas y vendedores, estaba llena de policías y militares, y nos llamó la atención que en medio de las calles colocaran unas cabinas con cortinas para efectuar registros aleatorios a la gente, principalmente a jóvenes con mochila; porque seguramente, aún colean las consecuencias del atentado que en 1998 sufrió el Templo del Diente de Buda.

Compramos algo en el súper y en una pastelería. Además, cumplimos religiosamente con los encargos que nos habían hecho: unas pegatinas de Sri Lanka, unas postales, un sarong típico, unos pañuelos de seda, en fin.

Kandy está plagada de pastelerías con bocadillos, pasteles, tartas, hojaldres; y hay una gran cantidad de oferta gastronómica de comida india, china, ceilandesa y occidental; y además, también puedes encontrar todo tipo de tiendas de tejidos, verduras, objetos, joyas y saris.

Miles de personas aguardan durante horas el inicio de los pasacalles del Esala Perahera Festival

Como no conseguí recabar suficiente información antes del viaje acerca de la manera más idónea de acceder a las entradas del Esala Perahera, decidimos ponernos en contacto con el hotel vía email y solicitar tres sillas para el día 8 de agosto.

(A ver, en realidad ver el Festival es gratis, al igual que nuestra Semana Santa; pero la gente ocupa las aceras desde primera hora de la mañana hasta la caída del sol, con los cual, o te unes a ellos, o buscas acomodo en sillas de alquiler ubicadas a lo largo de todo el recorrido – pues eso, igual que nuestra Semana Santa).

Nos pidieron 6.000 LKR por cabeza (unos 36 €), lo cual era una pasta, pero ante la duda, accedimos. Pero al salir del Pizza Hut pregunté por casualidad el precio de las sillas que custodiaban los empleados del establecimiento. Pedían 9.000 LKR, pero el mismo chico que me estaba informando, me dijo que él me las podía conseguir más baratas –por unos 4.000 LKR-.

Y… lo que suele ocurrir en estos “negocios” que es que “uno que pasaba por allí y escuchó la conversación” se me acercó despacito al oído para ofrecérmelas por tan sólo 3.000 LKR.

Puff, habíamos hecho el canelo, y como además somos personas de honor, y el trato estaba cerrado…

Desde luego, lo mejor es negociarlas allí porque sitio hay de sobra y ofertas no faltan. Además, a medida que se acerca la hora de inicio del pasacalles, el precio de las sillas va bajando y puedes terminar pagando unas 2.000 LKR (también hay que ver la idoneidad de la ubicación, claro).

Pero yo, con toda aquella movida, no me quedé conforme con lo que me pedían y lo que yo iba a pagar, así que en cuanto tuve ocasión, hablé con el dueño del hotel y conseguimos que nos rebajara a 4.000 LKR los asientos de adulto y a 2.500 LKR el de Macarena en un espléndido balcón para nosotros solos a la altura de los mahouts sobre sus elefantes y ¡con cuarto de baño propio!

Multitud de fieles ocupan las aceras en Kandy durante el Perahera

Con tanta gente en la calle, tanto ruido, tanto coche y tanto calor, nos comenzamos a agobiar y decidimos subir a descansar al hotel mientras que yo no dejaba de mascullar la idea de que un día hubiese sido suficiente en Kandy y que habríamos podido haber disfrutado del Festival esa misma tarde.

Antes de subir al hotel, Macarena compró salchichas y un polo (envasado) en un puestecillo callejero y, a pesar de que habíamos estado escondiéndonos por los rincones de las callejuelas para fumar durante toda la mañana, al final nos llamó la atención la policía –en realidad, eran más patrullas “civicas”-; ya que durante los días que dura el Esala Perahera, no se puede fumar en la calle, y hay que vestir con pantalón largo y llevar cubiertos los hombros, así como sentarse correctamente en público.

Quisimos visitar el Templo del Diente de Buda, pero fue imposible. A Yayo y a mí las aglomeraciones nos agobian muchísimo, y yendo con Macarena y la tensión que ello nos causa más, y cualquiera puede hacerse a la idea de cómo estaba aquello en un día de peregrinación. Estábamos deseando que llegara el día siguiente para disfrutar del Perahera. El viaje había sido planificado en torno a nuestra asistencia al Festival, y ya no quedaba nada.
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3 Comentarios

  1. No te pierdas las siguientes entradas dedicadas a la Ciudad de Kandy y, muy especialmente, al Esala Perahera Festival, una de las principales peregrinaciones budistas de toda Asia.

  2. ¡Qué curioso! No sabía que el budismo tuviera infierno o purgatorio, pero al parecer ni ellos se libran, aunque no sea para siempre. Una lástima lo de las esculturas tan cutres, porque el resto por lo que cuentas y las fotografías es precioso. Un beso, Macarena

  3. Hola Chari BR7!
    Pensaba igual que tú acerca del infierno budista y por ello planeé, con cierta curiosidad morbosa, nuestra visita a Aluvihara, aunque luego resultó ser un tanto decepcionante, salvo el crematorio de velas que me pareció de una belleza incomparable. Sin embargo, aquella visita, con el paso del tiempo -pese a mis comentarios acerca de la cuasicomicidad de las representaciones-, ha causado en mí el efecto que intencionadamente idearon sus creadores, porque mentiría si dijera que, tomando aquella imagen como punto de partida, mi mente no ha divagado sobre la idea de ese purgatorio o ese infierno. Y he llegado a la conclusión de que el budismo es una religión mucho más benevolente que la nuestra, y que Dios -en el que creo- es Misericordioso sea cual sea el nombre por el que se le llame y… al final… se salvan. Al final… nos salva.

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