En el norte de Sulawesi, durante nuestra ruta por carretera entre Manado y Gorontalo, hicimos una parada que sabíamos que no iba a ser cómoda: el Pasar Beriman, en la ciudad de Tomohon.
Tomohon es una ciudad de clima fresco, rodeada de volcanes activos y tierras fértiles. Esa riqueza natural se refleja claramente en el Pasar Beriman: puestos rebosantes de frutas tropicales, verduras recién cosechadas, especias aromáticas, flores, hierbas medicinales y productos locales que forman parte de la dieta diaria de la población.

En muchos aspectos, el mercado es similar a otros mercados tradicionales de Indonesia: caótico, colorido, ruidoso y lleno de vida. Sin embargo, hay una sección concreta que lo ha hecho famoso (y polémico) en todo el mundo.
Nadie es como otro. Ni mejor, ni peor. Es otro.
The extreme market

El apodo de Extreme Market proviene de los puestos donde se venden carnes poco habituales para la mayoría de viajeros internacionales. Aquí pueden encontrarse animales como murciélagos, serpientes, ratas de campo o perros, preparados y expuestos de forma abierta.
Para muchos viajeros, este es el punto de ruptura. Aquí aparece el asco, la indignación o el juicio rápido. Pero conviene detenerse un momento antes de convertir esa reacción en una verdad absoluta.
Esta parte del mercado resulta impactante para la mayor parte de visitantes. Sin embargo, es importante entenderla desde el contexto cultural local: en la región Minahasa, a la que pertenece Tomohon, estas carnes forman parte de una tradición culinaria ancestral y no se consumen con la intención de provocar, sino como una fuente más de alimento.

Platos como el paniki (murciélago cocinado con especias) tienen un fuerte arraigo cultural y suelen servirse en celebraciones familiares y eventos especiales.

Reducir Pasar Beriman únicamente a su sección más extrema sería injusto. El mercado es, ante todo, un reflejo de la vida local. Aquí se compra, se vende, se conversa y se mantiene viva una identidad cultural que ha sobrevivido durante generaciones.
El juicio moral

Hay gente profundamente sensibilizada con el hecho de que se coma perro. Es comprensible. Nosotros también crecimos viendo al perro como compañero, no como alimento. Pero en Tomohon no se comen mascotas: se comen perros criados específicamente para consumo, del mismo modo que en gran parte del mundo se crían cerdos o vacas con el único fin de acabar en un plato.

Un cerdo puede ser inteligente, social y capaz de sufrir estrés. Una vaca puede reconocer a otros individuos y crear vínculos. Aun así, su consumo nos parece normal. No porque sea más ético, sino porque es culturalmente aceptado.
La frontera entre lo que nos parece comestible y lo que nos resulta intolerable no es universal. Es aprendida. Y cambia según el lugar donde hayas nacido.
El mercado Beriman y la pandemia del COVID

Tras la pandemia del COVID-19, el mercado Beriman fue señalado en numerosos medios internacionales como ejemplo de “mercado peligroso”, estableciendo paralelismos con otros mercados asiáticos.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. No existe ninguna evidencia directa que relacione este mercado concreto con el origen o la propagación del virus. El problema no es una cultura específica, sino cuestiones globales como la relación entre los humanos y la fauna salvaje; la falta de regulación sanitaria en algunos contextos y un sistema alimentario global lleno de contradicciones.

Señalar exclusivamente a mercados tradicionales como el de Tomohon es una forma cómoda de externalizar miedos sin mirar nuestras propias prácticas industriales, igualmente cuestionables. No estamos aquí para defender ni atacar estas prácticas. Tenemos nuestras ideas, como todo el mundo. Pero viajar no consiste en imponerlas.

La realidad existe. El mercado existe. La tradición existe. Y no somos nadie para dictar qué culturas son válidas y cuáles no, del mismo modo que no nos gustaría que otros nos juzgaran por nuestras costumbres, nuestra comida o nuestra forma de vivir.
Respetar lo que no se entiende

Como parte de nuestra ruta entre Manado y Gorontalo, Tomohon fue una parada lógica y reveladora. El mercado Beriman no es una atracción turística al uso, sino una ventana directa a una realidad cultural distinta.
No es un lugar para todos los viajeros, pero sí para quienes entienden que viajar no siempre es cómodo, y que el mundo no tiene por qué parecerse a casa.
El mercado incomoda porque nos enfrenta a nuestros propios límites culturales. Y quizá por eso mismo es tan valioso.

Pero antes de escandalizarse, conviene recordar algo esencial: cada cultura tiene sus costumbres, y entenderlas es el primer paso para respetarlas.
Viajar también es aceptar lo que no encaja.

Este mercado no es un lugar fácil ni agradable. Pero viajar no siempre debería serlo. A veces el viaje sirve para confirmar que el mundo no gira en torno a nuestros valores.
Y aceptar eso —sin escándalo, sin superioridad y sin juicio— también es una forma de respeto.

